• Mi historia

Cambié el asfalto por el monte, y el alquiler por la tierra propia.

Esta es la historia de cómo dejé la ciudad para irme a vivir a las sierras de Córdoba. Sin plan maestro. Con una certeza: la salida también se construye.

La guía que nació de esta búsqueda
Luis sentado a la sombra en el monte
• El origen

El primo de la ciudad

Crecí en Florida, una ciudad chica del interior del Uruguay. Familia normal, padres trabajadores. Y un detalle que lo explica casi todo: la familia de mi madre era de campo. Productores de leche, de esos que madrugan con las vacas. Mi madre fue la única que se mudó a la ciudad.

Por eso mis mejores recuerdos de infancia huelen a pasto. Cada verano, cuando terminaba la escuela, me iba semanas a lo de mis tías: días enteros con mis primos entre los rollos de paja, los tractores, las vacas. El verde era la felicidad, y la felicidad quedaba a unos kilómetros de casa.

Pero había un punto. Yo era el primo de la ciudad.

El que no sabía. El que preguntaba. El que miraba hacer. Nadie me lo dijo nunca con esas palabras, pero uno a esa edad entiende sin palabras: el campo era de ellos. Yo era visita.

Así que hice lo que hacen los que se sienten de visita: me fui armando un caparazón. Agarré para el lado de las computadoras, del diseño, de las pantallas. Cada elección me acomodaba un poco más en la ciudad y me alejaba un poco más de los rollos de paja.

Después hice la ruta que hacemos casi todos los del interior: de Florida a Montevideo. Por las oportunidades, dicen. Por inercia, también.

Mi madre había dejado el campo para venirse a la ciudad. Yo, sin saberlo todavía, iba a pasarme la vida deshaciendo ese camino.

• La primera vez

La ventana que no se abría

Tenía 25 años, un trabajo de oficina y una silla con mi nombre. En los papeles, no faltaba nada.

En los recreos, mientras los demás fumaban o miraban el techo, yo miraba videos de bioconstrucción. Casas levantadas a mano, con materiales de la tierra, por gente común. Era otro mundo, y me llamaba por mi nombre.

Afuera, la ciudad hacía lo suyo: el calor de diciembre, las bocinas, todo el mundo llegando tarde a alguna parte. Y yo ahí, mirando casas hechas a mano en una pantalla, dentro de una oficina cuya única ventana no se abría.

Un día renuncié. No se lo dije a nadie.

Ahorré en silencio durante meses, armé una ruta de lugares de bioconstrucción en Argentina para ir a aprender, y dos días antes de irme junté a mi familia y a mis amigos: tomé una decisión, me voy.

Crucé el charco con una mochila y una idea. Pasé por Mendoza y Misiones, de voluntario, aprendiendo a construir con las manos lo que hasta entonces solo había visto por una pantalla. Y Argentina, sus paisajes y su gente me enamoraron.

• La vuelta

Volví distinto

Con el tiempo empecé a extrañar, y volví. Pero no a Montevideo: volví a Florida, a mi ciudad. Y hay viajes de los que no se vuelve del todo.

Volví a trabajar de lo mío, sí. Lo que no volví a hacer fue cumplir horario. Nunca más ocho horas, nunca más un jefe. Me hice freelance y me fui independizando, de a poco, de todo lo que me ataba a un escritorio ajeno.

De todo, menos del alquiler. Diez años alquilando casas compartidas —porque alquilar solo, en Uruguay, es casi un lujo—, hasta que a los 35 me tocó por primera vez vivir solo, ocuparme de todo. Y estaba por firmar el siguiente contrato: dos años más en mi ciudad, con mis miedos, con mis mochilas, con eso de ser siempre el que todos conocen en un lugar donde todos te conocen.

• El salto

La madrugada del contrato

Esa tarde me tocaba firmar. Esa madrugada me desperté.

No con un ruido: con un impulso. Eran las cuatro de la mañana y una idea me atravesó entero: no firmes. No firmes y andate a Argentina.

No pude dormir más. A las ocho llamé a mi psicólogo, y entre los dos llegamos a la única conclusión que importaba: de hacerlo, capaz me iba mal. De no hacerlo, me iba a arrepentir seguro.

No firmé. Una semana después, un jueves, estaba cruzando el río Uruguay.

Fue un viaje de ida. No sabía dónde iba a vivir. Tenía una mochila, una computadora y el privilegio de poder trabajar desde cualquier parte. Empecé a recorrer, conociendo lugares, dejando que el camino opinara. Mi plan seguía siendo el de siempre, una sola línea: vivir donde la vida lo dijera.

Y la vida dijo Córdoba.

Una noche, de casualidad o no, paré en Santa Rosa de Calamuchita. A la mañana siguiente salí y el paisaje me estaba esperando: las sierras gigantes ahí, enfrente de mi cara —en Uruguay no hay sierras así—, y a una cuadra un río cristalino de invierno, de esos que en la temporada baja muestran el fondo.

Me quedé una noche. Después una semana. Después un mes. Después varios.

Todavía estoy acá.
• La tierra

Primero el auto. Después, el terreno.

Trabajar para afuera con el costo de vida de acá me dejó ahorrar. Primero el auto. Después, el terreno.

Y ahí conocí en carne propia lo que después escribí en la guía: los avisos que prometen, los papeles que faltan, las palabras raras —escritura, posesión, mensura— que nadie te explica en criollo. Aprendí a los golpes y tomé nota de cada golpe.

Hoy ese terreno tiene mis pasos marcados. Sé dónde va a estar la casa, mirando al norte. Sé dónde pega el sol de la mañana.

• Ahora

De a poco, como el hornero

Estoy haciendo los bloques de mi casa con las manos: cal y fibra vegetal, bioconstrucción. Cada ahorro se vuelve bloques; cada tanda de bloques, un pedazo de pared esperando su turno.

Va lento. Y descubrí que el lento es parte del premio.

El hornero no levanta su casa en un día. Elige la rama, prueba, vuelve, insiste. Pedacito por pedacito. Por eso este proyecto se llama como se llama.

Todo esto había empezado mucho antes: en aquellos veranos de campo, cuando yo era el primo de la ciudad y el verde era el lugar donde quería quedarme. En Uruguay nunca encontré la forma de convertir ese deseo en una vida posible.

Después crucé el charco. Y, sin plan maestro, el camino empezó a ordenarse: la bioconstrucción, Córdoba, el terreno, los bloques, la casa. No fue de un día para otro, pero por primera vez cada paso parecía llevar naturalmente al siguiente.

Y hay algo que me gusta pensar: la casa que estoy construyendo hoy la empezó aquel pibe de 25 años que miraba videos de bioconstrucción a escondidas en una oficina cuya única ventana no se abría.

Ya no soy visita.
• Por qué lo cuento

Porque cuando yo busqué a alguien que hubiera hecho este camino y lo contara entero, no lo encontré.

Con los aciertos y los golpes. Ahora existe. Es esta bitácora.

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